miércoles, 28 de septiembre de 2011

Un superviviente de los campos de concentración franquistas reclama que se conozcan la esclavitud y las torturas

"No guardo rencor, pero que se sepa qué pasó"

RAÚL LIMÓN - Sevilla - El País- 25/09/2011

"Éramos esclavos", así se refiere José Barajas (Huelma, Jaén, 1916) a los batallones de trabajadores del franquismo, donde penó durante tres años al acabar la Guerra Civil con miles de represaliados y exsoldados de la República. Con 95 años, recuerda en conversación telefónica desde Barcelona, donde ahora vive, el hambre y la muerte de compañeros por inanición, por suicidios y por enfermedades después de sufrir tratos vejatorios. Con el paso del tiempo, asegura que no guarda rencor -"solo a veces", admite-, pero pide que no se olvide esta historia. "Que la juventud sepa qué pasó".
Barajas se alistó de voluntario y pasó una década "viendo morir gente"
Barajas se alistó como voluntario al comienzo de la Guerra Civil para defender la República y se convirtió en uno de los miles de esclavos del franquismo que realizaron trabajos forzados.
Era hijo de socialista y desde muy joven asistía a los mítines del partido en burro. Tenía 20 años cuando estalló la guerra y se alistó en los batallones de voluntarios. Desde ese momento, pasó una década "viendo morir gente".
Tras la contienda y al comenzar la II Guerra Mundial, Barajas fue enviado como esclavo a Punta Paloma, en Tarifa (Cádiz), donde construyó los fortines para las ametralladoras y los cañones, entre ellos el considerado más grande del Ejército, traído desde Mahón (Menorca). Según contaron sus compañeros de destino, fue arrastrado por los presos por zonas donde no había ni carreteras. Recuerda suicidios de compañeros, hambre, "y que nadie se preocupaba".
En Facinas (Cádiz) construyó una carretera y un campamento militar. Las bellotas del campo y la comida que traían mujeres de la zona aliviaron el hambre de los batallones. "Comíamos hierbas, naranjas con piel y los arenques con la cabeza, la espina y todo lo que llevase; todo lo comíamos", recuerda.
También construyó una carretera en Conil de la Frontera (Cádiz), donde un alférez sintió lástima de la situación y aumentó las raciones de comida. Los pescadores les daban cubos de sardinas a cambio de que les ayudaran con las redes.
Compartió el campo con tres jefes republicanos vascos llegados del Patronato de Redención de Penas por el Trabajo, una institución creada en el Ministerio de Justicia para distribuir a los esclavos.
De Bolonia recuerda la enorme decepción al descubrir que Estados Unidos obviaba la situación de los presos y negociaba con el Gobierno español la instalación de bases militares. "Estábamos tan ilusionados que planeamos que, cuando viniesen a liberarnos, les quitaríamos los fusiles a los escoltas, los encerraríamos y saldríamos en busca de los que viniesen a salvar al Gobierno de la República y luchar junto a ellos. Pero ya ves, fue todo lo contrario", afirma.
Barajas pasó por campos de concentración de Navarra y por tres de los 54 que hubo en Andalucía; lugares que, junto a depósitos de presos y zonas de fosas comunes, el grupo Recuperando la Memoria de la Historia Social de Andalucía (RMHSA) de la Confederación General del Trabajo (CGT) ha pedido que sean declarados, protegidos y señalizados, según la legislación andaluza.
La ausencia hasta ahora de una figura de protección ha supuesto la desaparición de algunas instalaciones, como el caso de las de La Algaba (Sevilla), uno de los centros más duros donde se concentraron los esclavos que construyeron el Canal del Viar y donde muchos fallecieron, como en otros campos, por el hambre y el maltrato.
Muchas de las infraestructuras que construyeron los presos, como las pistas del aeropuerto de Málaga o el Canal del Bajo Guadalquivir, aún están operativas o constituyeron la base de fortunas particulares sin que exista ni un solo elemento que recuerde cómo y por quiénes fueron levantadas.
El testimonio de Barajas apoya las pretensiones del grupo memorialista de la CGT. Su experiencia vital ha sido recogida y difundida por la asociación Memoriaren Bideak, Collectiu Republicà del Baix Llobregat y Memoria Antifranquista del Baix Llobregat.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

El silencio de las guerrilleras: REPORTAJE del Pais

DIANA MANDIÁ - Santiago - 06/09/2011 

Un documental recuerda la represión sufrida por las colaboradoras del movimiento armado antifranquista

Carmen Jerez murió embarazada y a tiros. Los falangistas la sacaron de su casa de A Fervenza (O Barco) en 1944 y la violaron durante meses. Los carteles que sus asesinos colgaron con la imagen de su cadáver en los escaparates de Ponferrada daban a entender que había caído a manos de la guerrilla antifranquista a la que protegía. La de esta mujer es una de las seis historias de As Silenciadas, el recuerdo documental de la represión sufrida por las guerrilleras de la chaira, las colaboradoras necesarias de los otros guerrilleros, los del monte, que sí dejaron nombres en los libros de Historia. El documental, una obra a cuatro manos de la filóloga Aurora Marco y del cineasta Pablo Ces, madre e hijo, recorre estos días los municipios de Galicia, a pocas semanas de la publicación de una obra más extensa, un libro en el que la primera lleva cinco años trabajando y en el que aparecen citadas más de 200 mujeres.
"Fueron torturadas, violadas, parieron en la cárcel y sufrieron después el exilio interior", describe Marco, que empezó a interesarse por los enlaces femeninos de la guerrilla durante una investigación anterior, la que desembocó en su Diccionario das mulleres galegas (2007). El compromiso de algunas con la resistencia antifranquista era conocido -es el caso de la maestra Enriqueta Otero, presa durante 19 años- pero en la mayoría de los casos la represión vino seguida de un olvido casi total. "Fueron el eje invisible del acontecimiento histórico, la columna vertebral de la guerrilla. No estaban solamente para labores de emergencia, combatieron y pasaron a la clandestinidad como ellos", sigue Marco.
La revisión de las denuncias que las llevaron a la cárcel muestra que su tarea no era en absoluto menor. "Tenían conocimiento desde hace algún tiempo de donde se ocultaba una partida de rojos huida de la que formaba parte el marido de Celia (Valle) hasta que fue detenido, a la que prestaban en diversas ocasiones servicios, facilitándoles vendas, productos farmacéuticos y alimentos necesarios para su subsistencia", recoge el documento. Encausadas aparecen tres mujeres más de la misma familia de Casaio (O Barco) porque la guerrilla implicó a familias enteras y tejió una amplia red de apoyos, materializada en guaridas clandestinas, o chozos, como se los conocía en la zona de Valdeorras, en los lugares más insospechados. Uno de ellos era la mina de wolframio de Casaio: aunque al servicio de los alemanes, que necesitaban el mineral para el revestimiento de sus obuses, sirvió de forzoso lugar de encuentro entre los presos comunistas obligados a trabajar el yacimiento. En los montes de la misma parroquia resistió hasta mediados de los años cincuenta la Cidade da Selva, que acogió importantes reuniones de guerrilleros de toda Galicia.
Más modesta era A Fortaleza, la casa que los Rodríguez López prestaban a los rebeldes de la zona. La familia de Consuelo Rodríguez, Chelo, profundamente anticlerical, perdió a varios de sus miembros en el monte. Los primeros fueron los padres, fusilados cerca de su vivienda de Soulecín una mañana de octubre de 1939. A su hermano Sebastián, encarcelado y condenado a muerte, Chelo le pasó armas para que "al menos muriera luchando, como era su ideal". Combatió en el monte y vio caer a su pareja, Arcadio Río. En abril de 1949 consiguió entrar en Francia. "No tenía ningún papel, solo la pistola que llevaba en el bolso, por si alguien me pedía la documentación responder con mi pistola", recuerda Chelo en el documental. Hoy vive en la Bretaña francesa y está a punto de cumplir los 92 años.
El perfil de la guerrillera de la chaira es el de una mujer de pueblo, hija, madre, hermana o novia que da alimentos, armas y refugio a los que resisten en el monte, lo que no quiere decir que, detrás del compromiso familiar, no exista una meditada militancia política. "Eran mujeres muy ideologizadas, la mayoría comunistas, y pasaron por las cárceles más duras de entonces", recuerda Marco. El régimen franquista las encerró durante años, en ocasiones más de una década, en prisiones alejadas de Galicia, como Las Ventas, Alcalá de Henares, Málaga o Segovia. "A los nietos no nos dejaron sin abuelos, nos dejaron también sin padres", asegura en el documental una de las nietas de Carmen Rodríguez, enlace de Alvaredos (Quiroga), que buscó refugio en A Coruña al salir de la cárcel. Cuando el dictador veraneaba en Meirás, la Guardía Civil pasaba siempre por su portal.
http://www.elpais.com/articulo/Galicia/silencio/guerrilleras/elpepiautgal/20110906elpgal_15/Tes